Era el aniversario de bodas de los verdaderos Señores Edwards y la crema innata de la sociedad, fue invitada a una velada íntima en la mansión de los millonarios anfitriones.
Los que recibieron la invitación, la restregaron con el ego inflado en la cara de los que no fueron invitados.
Eva estaba hermosa, espléndida al lado de su apuesto esposo, y ambos hacían una pareja llamativa y perfecta.
Y precisamente, como se veían tan perfectos, era necesario teñirlos un poco con suciedad.
— Señora Edwar