Se debatió por un segundo en irse corriendo de la escena más humillante de su vida, pero sus ojos se cruzaron por debajo de la gorra con los fríos y penetrantes de Henry y supo, que muchas opciones no le quedaban.
Tenía que haber asesinado a ese malnacido cuando lo tuvo en sus manos.
Albert se acercó sudando más que un cerdo en un horno y tomó una libretita que le pasó una de las secretarias.
La atmósfera estaba como en pausa y con la vestimenta, y la gorra, aun la mayoría no lo había recono