ADA
La puerta de Richard permaneció cerrada. También la de Dylan.
Golpeando mi bolígrafo contra el escritorio, me obligué a desviar la mirada.
Al parecer, ninguno de los dos había llegado a la oficina todavía, y la jornada laboral oficial había comenzado hace casi una hora.
Con un nudo en el estómago, intenté concentrarme en las tareas pendientes. No sirvió de nada. Las palabras en la pantalla giraban sin sentido.
No me arrepentía de lo que le había dicho a Dylan esa mañana, pero ¿reacciona