—¡Elo! —gritó, aunque no pudo agitar la mano porque Jye se la sujetó.
—Yo te habría dejado en casa —dijo con frialdad.
—No seas ridículo —se soltó—. Vives en la otra punta de la ciudad. La tarifa del taxi habría sido exorbitante.
—¿Cuándo ha empezado a preocuparte una tarifa de taxi? Desde que te robaron el coche tú has gastado más que nadie en taxis.
—Punto que nunca has dejado de recordarme —replicó—. No hay modo de complacerte, ¿verdad?
—Eso no es cierto, Steff. La otra noche lo conseguiste.