—¡Detente!
Él levantó la mano, a punto de golpearla, cuando alguien intervino con firmeza. La voz resonó con gran peso, y en ese instante, Alberto soltó la mano como si nada hubiera pasado, cambiando inmediatamente su expresión a una amplia sonrisa.
—Así que eres tú, que regresaste. Estábamos bromeando, Elena y yo. Ella es mi familia, ¿cómo podría golpearla? ¡La quiero demasiado para hacerle daño!
Elena soltó una risa fría.
Alberto la miró con gran desdén y luego miró a Silvio tratando de congra