Yo no lo olvido. ¿Y usted, Majestad?
Las llamas de cada fogata ascendían y bajaban con un movimiento hipnótico mientras los cabalgantes las rodeaban entre pláticas, risas y viejas historias de viaje. Era tradición que, al caer la noche después de la cabalgata anual, todos compartieran anécdotas, recuerdos y relatos sobre cómo el gran imperio había sido levantado por quienes los precedieron.
Mi mirada permanecía fija en el crepitar del fuego; sin embargo, mi mente seguía atrapada en el accidente de aquella tarde... y, extrañamente,