Solo las brujas, los demonios hablaban escondidos entre las sombras.
Las voces llegaron antes que las figuras, ocultas por el murmullo del campamento.
Me detuve por instinto.
Después reconocí aquella voz.
—Te lo digo, niña tonta, se te resbalará de las manos y ni siquiera, para cuando te des cuenta, estará bajo el dominio de alguien más.
—¿Qué quieres que haga? —soltó un quejido de impotencia.
—Nada. Como siempre, me tendré que encargar de todo yo mismo.
—Por favor, no lo lastime. Él no tiene nada de culpa.
—No lo defiendas. Es una piedra en el camino. Él y la f