Santos
Me serví un vaso de bourbon y chasqueé los dedos hacia uno de los hombres del equipo para que retirara la copa de cóctel manchada de lápiz labial de Anete. Después de esa mañana, estaba un ciento diez por ciento seguro de que Mario nunca cometería el error de hacer que Anete —o cualquier otra persona, para el caso— lo acompañara a una de nuestras reuniones sin mi permiso. Le canté las cuarenta y más, y le recordé lo crucial que era la discreción cada vez que se trataba de mis negocios. S