PILAR
Samantha entra en la oficina de Francisco como si fuera la dueña. Como si hubiera estado aquí las suficientes veces como para que fuera su oficina también. Su intimidad es nauseabunda; solo pensar en cuánto tiempo debieron haber estado juntos a nuestras espaldas para llegar a este punto me da ganas de poner ortigas en su ropa interior.
Pero es el pensamiento de a nuestras espaldas lo que me hace darme cuenta de que el señor Farías está sufriendo igual que yo. Sus demostraciones son exacta