MARIO
Santo cielo, me pongo duro en segundos. No tenía expectativas reales de cómo molestaría a Francisco, pero ya las ha superado diez veces.
—Pero aún podemos cambiar estos —dice, señalando los post-its, y siento un cosquilleo como si de repente fuera un niño pequeño jugando una broma a mi abuelo o algo así.
Rodeo el escritorio antes de que pueda detenerme.
—¿Puedo? —pregunto.
Me entrega un bolígrafo, pero no se aleja, casi apoyándose en mí mientras decido dónde hacer el primer corte. Sus ojo