SAntos
Ella cerró sus ojos, más lágrimas deslizándose hacia abajo, y entonces perdí todo el control. Perdí todo sentido del bien y del mal, viendo solo mi voluntad. Mi deseo. Mi antojo.
Agarré el papel y lo empujé más cerca de su cara. —Mira. ¿Ves eso? —Ella abrió sus ojos y gimió—. Esa firma justo ahí dice que eres mía. Yo soy tu dueño. Eso también significa que eres mía para tomarte cuando coño yo quiera.
Mis dedos rasgaron la capa superpuesta de su vestido, frenéticos por exponer la parte de