Miel
Él me cargó a través de la habitación, y no pude obligarme a intentar detenerlo. No quería detenerlo. Yo era la presa que voluntariamente ofrecía su garganta para ser sacrificada, no importándole que su cuerpo fuera vaciado de sangre. De vida. Porque justo ahora, ante la mano cruel del diablo, nunca me había sentido más viva.
Todavía estaba perdida en su beso cuando él me soltó y me dejó caer sobre la cama, con mi espalda golpeando el colchón.
—Date la vuelta.
—¿Qu...?
—Dije —él agarró mis