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Capítulo 5 —La Tregua Envenenada

Capítulo 5La Tregua Envenenada

Durante el almuerzo, Maribel mantenía la espalda rígida. No había insultos, ni miradas de asco, ni comentarios sarcásticos. Esa calma era, para ella, mucho más peligrosa que sus gritos.

Mauricio, sentado a la cabecera, lucía inusualmente animado. La ausencia de conflicto entre su hijo y su esposa le devolvía el color al rostro. Para él, era la imagen de la familia que siempre quiso; para Maribel, era estar sentada frente a una bomba de tiempo.

—Me alegra que finalmente estemos almorzando como una familia —dijo Mauricio, dejando los cubiertos—. Mañana es la firma definitiva de los poderes notariales, Maribel. A partir de ese momento, tú serás mi voz en el consejo y la administradora absoluta de los bienes.

Maribel asintió, pero sus ojos no se despegaron de Sergio. Esperaba la explosión, el golpe en la mesa, el recordatorio de que ella no era nadie, el "no vas a tocar un centavo de mi herencia, perra".. Pero Sergio solo dejó la copa de vino y levantó la vista. No había fuego en sus ojos, solo una fatiga que parecía real.

—He estado pensando mucho, padre —soltó Sergio con voz ronca—. Y tienes razón. No estoy en condiciones de manejar nada. He sido un imbécil estos días.

Maribel apretó el tenedor bajo la mesa.

—¿Sergio? —Mauricio parpadeó, incrédulo.

—Maribel tiene más temple que yo —continuó él, girándose hacia ella con una lentitud calculada—. Entiendo por qué la elegiste. Ella tiene lo que a mí me falta: lealtad. Y si ella es la que va a asegurar el futuro y el legado de esta familia, no voy a ser yo quien le ponga piedras en el camino.

Se puso de pie y caminó hacia ella. Se detuvo a su lado, lo suficientemente cerca para que ella pudiera oler su perfume, ese aroma a sándalo y dinero que la perseguía desde la universidad.

—Quiero que empecemos de cero, Maribel —dijo él, extendiendo una mano—. Por la salud de mi padre. Por la paz de esta casa. No más peleas.

Maribel miró la mano. Era la misma que años atrás la había guiado hacia una cama de motel para después abandonarla con una nota. Dudó, pero la mirada de esperanza de Mauricio la obligó a ceder.

—Sí, por supuesto, Sergio —respondió ella, estrechando su mano.

El contacto fue eléctrico. Sergio no la soltó; apretó un poco más de lo necesario, sus ojos clavados en los de ella, transmitiendo una sumisión que parecía una disculpa.

Unas horas después, Maribel caminaba hacia la cocina por un vaso de agua cuando vio la luz del despacho de Mauricio encendida. La puerta estaba entreabierta. Quiso pasar de largo, pero su voz la detuvo.

—¿Sigues sin confiar en mí, verdad?

Maribel entró. Sergio estaba sentado frente al ventanal. No estaba bebiendo.

—¿Qué es lo que buscas realmente? —respondió ella con frialdad

Él se levantó y caminó hacia ella. Ya no estaba el heredero arrogante. Se veía vulnerable, casi humano.

—Quiero dormir una noche sin sentir que mi padre me odia por lo que le hice a la mujer que ahora es su esposa —mintió él, deteniéndose a centímetros de su rostro—. Me equivoqué en la universidad, Maribel. Era un niño rico con demasiado ego. Pero verte con Pedro... ver cómo lo cuidas... me hace ver la clase de persona que eres.

Sergio estiró la mano y, con una delicadeza que la desarmó, le apartó un mechón de pelo. Maribel contuvo el aliento. Sus rodillas flaquearon.

—Pedro es un niño increíble —susurró él —se parece mucho a ti.

Fue la estocada perfecta. Ella sintió que se le oprimía el pecho. Era la primera vez que él mencionaba a su hijo sin usar la palabra "e****a" o "mentira".

En ese instante, Maribel sintió un impulso violento, ganas de agarrarlo por las solapas y gritarle la verdad en la cara, que era su hijo. Que no se parecía a ella; que Pedro idéntico a él, y eso fue lo que no le permitió olvidarlo ni un solo maldito segundo en siete años. Porque ver a su hijo cada mañana era como verlo a él; era tener a Sergio presente en cada gesto, en cada mirada desafiante, en esa misma forma de arrugar el entrecejo cuando algo no le gustaba. 

—¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó ella, con la voz quebrada.

—Porque mañana firmas ese contrato y te conviertes en la dueña de mi destino —dijo él con una sonrisa triste—. Y no puedo permitir que eso pase sin que sepas que me arrepiento de cada maldito segundo de aquella noche. Especialmente de dejarte sola.

Él se acercó más. Maribel sabía que debía alejarse, pero la soledad de tantos años y la necesidad de que su hijo tuviera un padre la mantuvieron inmóvil.

—Dime que me perdonas, Maribel —suplicó

Pero ella no le respondía, y una duda en él se instaló.

—¿Se lo has contado? —soltó él, bajando la voz—. ¿Le has dicho a mi padre lo que pasó entre nosotros?

Los ojos de Maribel se abrieron con incredulidad.

—¿Cómo puedes siquiera preguntarlo? —respondió ella con un hilo de voz—. Por supuesto que no.

Sergio se acercó más, invadiendo su espacio personal. Sus ojos la escaneaban, buscando una grieta en su defensa.

—¿Cuándo te acercaste a él? ¿Por qué lo hiciste sabiendo que era mi padre?

—No... —Maribel negó con la cabeza, sintiendo el aire pesado—. Realmente no sabía que era tu padre. El apellido coincidía, sí, pero es un apellido bastante común. No asocié que el hombre salvó la vida de mi hijo fuera el padre del que destruyó la mía en la universidad. No lo supe realmente hasta que te vi entrar por esa puerta el día que llegaste.

Sergio guardó silencio un segundo, procesando la respuesta, fingiendo que le creía. Se inclinó hacia ella, atrapándola con su mirada.

—¿Y no le dirás la verdad? —inquirió—. ¿Ni una sola palabra sobre nuestra... historia?

Maribel sintió que el orgullo le quemaba la garganta. Enderezó la espalda y lo miró con el desprecio que se había guardado por años.

—¿Qué se supone que le diga, Sergio? ¿Que el cretino de su hijo hizo una apuesta para romper mi inocencia y luego desapareció sin asumir las consecuencias? ¿Que me dejó abandonada en un hotel, con una nota y un puñado de billetes? No, no se lo conté. No creo que tu padre soporte saber que su único heredero hizo semejante barbaridad. Él no merece ese dolor.

Sergio bajó la vista, como si las palabras de ella fueran látigos sobre su piel. Soltó un suspiro largo y se pasó una mano por el rostro, fingiendo una derrota emocional absoluta.

—Tienes razón —susurró, con la voz rota—. Soy una bas*ura. He vivido intentando olvidar que fui ese hombre, pero verte aquí me recuerda cada segundo lo que te quité.

Él la atrajo hacia él, envolviéndola en un abrazo protector. Maribel, confundida y agotada de tanto odio, apoyó la frente en su hombro por un breve segundo.

Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared.

—¿Se puede saber qué mier*da está pasando aquí?

La voz de Mauricio tronó en la habitación, cargada de una furia que Maribel nunca le había conocido. Estaba de pie en el umbral, temblando de rabia mientras observaba a su hijo y a su esposa abrazados en la penumbra.

Sergio no la soltó. Al contrario, permitió que su mano bajara un centímetro más por la espalda de Maribel antes de girar la cabeza hacia su padre con una sonrisa lenta y cínica que ella no pudo ver, pero que Mauricio recibió como un disparo.

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