Mundo ficciónIniciar sesiónLuego de la boda, la salud de Mauricio se deterioró aún más, y obligándolo a estar confinado en su habitación. Sergio no necesitaba la confirmación de los médicos para saber que el tiempo de su padre se agotaba; lo que realmente le quitaba el sueño era la calma gélida de Maribel. Para él, esa serenidad no era dignidad, sino la sangre fría de quien espera que se abra una caja fuerte.
Su mente, educada en la desconfianza, ya había tejido la única explicación lógica para la presencia de Maribel: ella no estaba sola. La historia de la madre soltera abandonada era un guion barato. En su lógica, Maribel era la cara visible de una e****a maestra. Estaba convencido de que el padre biológico de Pedro estaba allí fuera, en algún lugar, oculto, esperando el momento en que ella lograra el traspaso legal de los bienes para repartirse el botín.
—Es un plan de dos —se repetía Sergio.
Una tarde encontró a Pedro en el despacho. El niño estaba sentado en la enorme silla de cuero de Mauricio, que lo tragaba por completo. No estaba saltando ni gritando; estaba absorto en un tratado de estrategia militar antigua, siguiendo los mapas tácticos con el dedo. Al ver la escena, Sergio se detuvo en el umbral. Por un segundo, el corazón le dio un vuelco extraño: él mismo se sentaba así a esa edad, ignorando los juguetes para entender cómo se ganaban las guerras.
—Esa silla te queda algo grande —dijo Sergio. Su voz no era cruel, sino cargada de una extraña curiosidad que intentaba disfrazar de cinismo.
Pedro levantó la vista. Sus ojos grises, tan parecidos a los de Sergio que resultaba inquietante, lo sostuvieron con una calma asombrosa.
—Los muros son más débiles en las esquinas —dijo el niño, señalando el mapa—. Por ahí es por donde entran siempre si no hay nadie vigilando.
Sergio entró en el despacho, sintiendo una incomodidad creciente. Se acercó a la mesa y cerró el libro con suavidad, evitando tocar los dedos del pequeño.
—Es una buena observación. Pero los libros no te enseñan que, a veces, el enemigo ya está dentro de los muros antes de que cierren la puerta.
El niño lo miró ladeando la cabeza. Sergio sintió un impulso irracional de revolverle el cabello, pero se contuvo y metió las manos en los bolsillos. No podía permitirse sentir afecto por el hijo de "otro hombre".
—Dile a tu madre que te busque libros más adecuados para tu edad.
—Mi madre dice que debo ser listo —respondió Pedro con seriedad—. Porque el mundo no es amable con los que son débiles.
Sergio apretó la mandíbula. En su mente, esa frase era una prueba más de cómo Maribel usaba al niño para victimizarse. "Te está usando de escudo, pequeño", pensó con una mezcla de lástima y sospecha. Salió del despacho convencido de que el talento de Pedro era un guion ensayado por Maribel y su arma para ganarse el favor de Mauricio. No quería ver la verdad: que estaba mirando a su propio reflejo.
La noche cayó como un peso muerto. A las tres de la mañana, Sergio bajó a la cocina. No buscaba comida, sino el hielo necesario para el whisky que no lograba apagar su insomnio. Encontró a Maribel allí, de espaldas, esperando a que el agua del té hirviera. Llevaba una bata de seda gris que revelaba la tensión en sus hombros. Sergio entró sin camisa, dejando que la luz fluorescente marcara su musculatura tensa.
—¿Haciendo planes con tu cómplice por mensaje de texto? —preguntó Sergio, su voz vibrando en el silencio.
Maribel se giró lentamente. Sus ojos recorrieron el pecho de Sergio antes de anclarse en su rostro con una mezcla de agotamiento y rabia.
—Mauricio ha tenido una recaída. Deja de buscar fantasmas por una noche, Sergio. No todo es un complot.
Sergio la acorraló contra la encimera de granito, colocando las manos a sus costados, atrapándola. El calor de su piel chocaba contra la seda de ella.
—Hablo del tipo que te espera afuera, Maribel. ¿Quién es? ¿El hombre que te manda las instrucciones mientras tú juegas a la esposa devota? Esa historia de que te dejó es patética.
—Nadie me está usando —respondió ella, con una voz que vibraba—. El único hombre que me usó fuiste tú, hace ocho años. Mauricio me dio un hogar. Tu paranoia solo demuestra que no puedes concebir que alguien sea leal por gratitud.
—¿Gratitud? —Sergio soltó una carcajada amarga y se inclinó hasta que su aliento rozó el oído de ella—. Lo que tienes es una inversión. ¿Cuál es el trato con el padre de Pedro? ¿Te permite seducir al heredero mientras el marido duerme, o eso es una iniciativa propia para asegurar tu posición? Porque veo cómo me miras, Maribel. Y no es gratitud lo que siento en tu pulso cuando te toco.
Sergio bajó una mano hacia la cintura de ella, apretando la seda contra su piel. Odiaba desearla, pero el deseo era su forma de castigarla por lo que él creía que era una traición hacia su padre.
—Mírame —ordenó él, obligándola a levantar la barbilla—. Dime que no tienes a un socio riéndose de la estupidez de Mauricio mientras tú le sirves el té. Dime que Pedro no es el anzuelo de una e****a mayor.
—No hay nadie, Sergio —susurró ella, y por un segundo, la verdad brilló en sus ojos con una pureza que Sergio decidió ignorar—. Solo estamos Pedro y yo. Y tú, que estás empeñado en destruir lo único bueno que nos ha pasado.
—Mientes. Mientes cada vez que respiras —Sergio hundió el rostro en su cuello, inhalando su aroma con una desesperación que disfrazó de furia—. Y voy a encontrar a ese tipo. Voy a demostrar que todo esto es una farsa antes de que mi padre firme el fideicomiso. Pero mientras tanto... mientras estés bajo este techo, vas a recordar quién fue el primero en poseerte.
La besó con una violencia que buscaba una rendición. Quería que ella admitiera su "plan", que se rompiera. Pero Maribel respondió con una resistencia que solo aumentó el incendio. Sergio estaba convencido de que ella era la pieza clave de una conspiración externa.
La soltó bruscamente al escuchar un ruido. Maribel, temblando, se arregló la bata y salió de la cocina sin decir una palabra. Se quedó solo, con los puños apretados. Su ceguera era su defensa: mientras creyera que Pedro era el hijo de un estafador, no tendría que enfrentar el hecho de que el niño era su propio hijo, y que él era el "cobarde" que lo había dejado sin saberlo.







