Capítulo 5 —La Tregua EnvenenadaDurante el almuerzo, Maribel mantenía la espalda rígida. No había insultos, ni miradas de asco, ni comentarios sarcásticos. Esa calma era, para ella, mucho más peligrosa que sus gritos.Mauricio, sentado a la cabecera, lucía inusualmente animado. La ausencia de conflicto entre su hijo y su esposa le devolvía el color al rostro. Para él, era la imagen de la familia que siempre quiso; para Maribel, era estar sentada frente a una bomba de tiempo.—Me alegra que finalmente estemos almorzando como una familia —dijo Mauricio, dejando los cubiertos—. Mañana es la firma definitiva de los poderes notariales, Maribel. A partir de ese momento, tú serás mi voz en el consejo y la administradora absoluta de los bienes.Maribel asintió, pero sus ojos no se despegaron de Sergio. Esperaba la explosión, el golpe en la mesa, el recordatorio de que ella no era nadie, el "no vas a tocar un centavo de mi herencia, perra".. Pero Sergio solo dejó la copa de vino y levantó la
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