Mundo ficciónIniciar sesiónEl día de la boda; Sergio, pese a la orden de su padre de que estuviera en primer fila, permanecía de pie en el fondo, apoyado contra una de las columnas de mármol, vestido con un traje negro de corte impecable que parecía más adecuado para un funeral que para una boda. Sus ojos grises, cargados de un cinismo que le quemaba las entrañas, no se apartaron de la figura que caminaba por el pasillo central.
Maribel avanzaba con una elegancia que resultaba ofensiva. El vestido de encaje y seda se ajustaba a su cuerpo con una precisión que recordaba a Sergio cada centímetro de piel que una vez le perteneció. El velo ocultaba parcialmente su rostro, pero él podía adivinar esa expresión de serenidad impostada. Para todos los presentes, ella era la nueva señora de la casa; para él, era la estafadora que había logrado el golpe del siglo.
A su lado, Pedro caminaba vestido con un pequeño esmoquin, llevando los anillos con una seriedad impropia de sus siete años. Sergio sintió una punzada de irritación al ver al niño.
—Lo ha entrenado bien —murmuró con amargura. —Le ha enseñado a posar como un heredero antes de que aprenda a montar en bicicleta.
La ceremonia fue breve y solemne. Cuando Mauricio tomó la mano de Maribel para colocar el anillo, Sergio apretó los puños. Notó la forma en que su padre la miraba: no era la lascivia de un hombre mayor por una mujer joven, sino una devoción profunda, casi protectora. Aquello le dolió más que cualquier otra cosa. Mauricio jamás lo había mirado a él con esa mezcla de orgullo y paz.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —pronunció el sacerdote.
—Dios no tiene nada que ver con este contrato— se dijo para sí mismo, antes de dar media vuelta y dirigirse al salón de recepción, donde el champán empezaba a fluir.
La recepción fue un despliegue de opulencia que rozaba lo obsceno. Sergio se mantuvo en la periferia, observando cómo Maribel se movía entre los invitados con la destreza de una reina experimentada. Mauricio permanecía a su lado, pero Sergio notó un ligero temblor en su mano cuando sostenía la copa, y cómo buscaba discretamente el apoyo del brazo de Maribel. Aquella debilidad en su padre lo enfureció.
—Pareces un buitre esperando a que alguien caiga —dijo una voz a sus espaldas. Era uno de los socios de su padre.
—Solo observo cómo se reparte el botín antes de que el cuerpo esté frío —respondió Sergio con una sonrisa gélida.
El momento del baile principal llegó. La orquesta comenzó un vals lento y clásico. Mauricio tomó a Maribel por la cintura y comenzaron a girar. Sin embargo, a mitad de la pieza, Sergio vio cómo el rostro de su padre palidecía por un segundo y cómo su respiración se volvía pesada. Maribel, lo guio hacia uno de los asientos laterales, susurrándole algo al oído.
Era la oportunidad que Sergio esperaba. Antes de que Maribel pudiera retirarse de la pista, Sergio la interceptó. Le tendió la mano con una arrogancia que no admitía réplica.
—Mi padre necesita un descanso —dijo Sergio, su voz elevándose lo justo para que los invitados cercanos escucharan—. Pero la tradición dicta que la novia no debe dejar de bailar. Permíteme sustituirlo.
Maribel lo miró con un odio que le devolvió la vida a Sergio. Ella dudó, pero al ver la mirada inquisitiva de los invitados, no tuvo más remedio que aceptar. En cuanto su mano tocó la de él, Sergio la atrajo hacia sí con una brusquedad que la obligó a chocar contra su pecho.
Comenzaron a girar. Sergio la sujetaba con una fuerza que rozaba lo doloroso, su mano en la pequeña espalda de ella la presionaba contra su cuerpo hasta que no quedó un ápice de aire entre ambos.
—Ocho años, Maribel —susurró él contra su oído, mientras el aroma a jazmín de su piel lo envolvía como una droga—. Ocho años para perfeccionar tu técnica. Debo admitir que casarte con mi padre para vengarte de lo que te hice, es brillante. ¿Cuánto te ha costado convencerlo de que eres una santa?
—Yo no quiero vengarme de tí, y tu padre es diez veces el hombre que tú serás jamás, Sergio —respondió ella, forzando una sonrisa para los invitados mientras sus ojos destilaban veneno—. Él no necesita comprar a la gente para sentirse poderoso.
—Él no te ha comprado, Maribel. Tú te has vendido —Sergio bajó la mano hacia la curva de su cadera, un gesto posesivo que la hizo tensarse—. Dime una cosa... ¿Cómo se siente estar en su cama sabiendo que yo fui el primero? ¿Cierras los ojos e imaginas que sus manos son las mías, o es que el precio de la herencia es lo suficientemente alto como para que no te importe la diferencia?
Maribel se detuvo en seco en mitad de la pista, pero Sergio no la soltó. La obligó a seguir el ritmo, sus cuerpos moviéndose en una danza de odio y deseo que ninguno podía ocultar.
—No hay comparación, Sergio —dijo ella con una voz gélida—. Porque él me mira con respeto. Algo que tú ni siquiera eres capaz de fingir. Pedro tiene un padre ahora, uno que lo protegerá incluso de ti.
—Ese niño no es nada de esta familia —siseó Sergio, su rostro a milímetros del de ella—. Y tarde o temprano, voy a demostrar que tu "milagro" tiene un origen mucho más mundano. No voy a permitir que ese bast*ardo toque un solo centavo de lo que es mío.
—Entonces prepárate —desafió ella—, porque a partir de hoy, yo soy quien firma tus cheques.
La música terminó. Sergio no la soltó de inmediato. La tensión entre ambos era un cable de alta tensión a punto de romperse. Sin decir una palabra, la tomó del brazo y la arrastró hacia el jardín de invierno, lejos del bullicio de la fiesta.
—¿Qué haces? ¡Suéltame! —exigió ella cuando estuvieron entre las sombras de las plantas exóticas.
Sergio la acorraló contra una de las columnas de cristal. La luz de la luna bañaba su rostro, haciéndola lucir etérea y, al mismo tiempo, peligrosamente real. La furia de Sergio se transformó en algo mucho más oscuro y antiguo.
—Dime que no lo sientes —dijo él, su voz rompiéndose por la tensión—. Dime que no tiemblas cuando te toco igual que lo hacías en aquel motel de mala muerte.
—Te odio —susurró ella, aunque su respiración se había vuelto errática.
—Entonces odia esto también.
Sergio acortó la distancia y la besó. No fue un beso de amor; fue un asalto, una reclamación de propiedad cargada de años de resentimiento y una necesidad que lo estaba volviendo loco. Maribel intentó resistirse, sus manos golpeando el pecho de él, pero en segundos, sus dedos se enredaron en la nuca de Sergio y ella respondió al beso con la misma ferocidad desesperada. Fue un instante de verdad absoluta: el odio y el deseo eran la misma moneda.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Sergio la miró con una mezcla de triunfo y agonía, convencido de que su respuesta al beso era la prueba de que ella era una mujer sin escrúpulos que engañaba a su padre en su propia noche de bodas.
—Eres exactamente lo que pensé que eras —dijo él, limpiándose el rastro de carmín con el pulgar.
Maribel, con los ojos empañados por la rabia y la humillación, le propinó una bofetada que resonó en el jardín de cristal.
—Y tú eres la misma porquería de la Universidad —respondió ella, antes de recoger su falda y caminar hacia la luz, dejándolo solo en la oscuridad con el sabor de su traición en los labios.







