AMARA
Parpadeé repetidamente mientras mi mirada se movía del cimitarra en la mano de Maddox hacia su rostro calmado.
¿Cómo podía verse tan calmado haciendo eso? ¡Acababa de apuñalarse! Dios mío. El corazón se me hundió profundo en el estómago y no podía evitar que mis manos temblaran.
“Tú… ¿no puedes morir?” pregunté con una voz patética y temblorosa.
Asintió. Y eso fue todo. No dijo nada más, dejándome estofar en el pánico. Quiero decir, había escuchado los rumores.
Lo llamaban Lycan por una r