Rasmus no pudo dormir en toda la noche. Se quedó despierto mirando al techo mientras la sostenía en sus brazos.
Llegó la mañana y Silvia se revolvió en sus brazos. Abrió los ojos aturdida y parpadeó un poco sorprendida antes de que sus labios se arquearan en la esquina y le sonriera a través de esas hermosas dunas color avellana.
—Buenos días —susurró ella.
—Buenos días —dijo Rasmus con voz áspera. Inclinándose más cerca besó la coronilla de su cabeza y su sonrisa se profundizó.
Silvia tragó sa