—Deja de huir de mí —dijo, besando su oreja.
—No quiero perderte —notó que las motas plateadas regresaban lentamente a esos iris cobrizos.
—¿No me odias? —preguntó en voz baja, mirándolo a los ojos. Sus cejas se arrugaron mientras se quedaba quieto dentro de ella.
—No lo hago. Nunca podría. Eres lo único mejor que me ha pasado —dijo con voz áspera en ese tono profundo y ronco. Inclinándose, le besó suavemente los labios y los lamió. Le lanzó suaves besos como plumas en el cuello y comenzó a mov