—NATALIA—
—¿Badel?
Mi voz sale entrecortada, quizás por la extraña necesidad que fluye en descontrol sobre mi cuerpo, esa que me hace sentirme hambrienta y sedienta de la oscuridad que amenaza con engullirme del hombre que aún me carga entre sus brazos.
Como si no pesara nada.
Como si no importara nada más que alcanzar la privacidad de su cuarto.
Puedo sentir esa oleada caliente que Bade induce con autoridad sobre mí como el reclamo que aparentemente he estado esperando todo este tiempo.
Con mi