Elena retiró su mano con brusquedad, alejándola de la servilleta que sostenía Diego. Sus ojos ardían con un odio profundo; no estaba dispuesta a aceptar sus atenciones después de todas las imposiciones de aquel día.
—Basta, Diego. No actúes como si te importara —susurró Elena, manteniendo la voz baja para no atraer la atención de los demás comensales—. Ambos sabemos que estoy aquí solo porque llevo al **heredero de la familia Alvarez**. No hagas esto más nauseabundo con tu simulacro de preocupa