«No te muevas. Solo un poco más».
La voz de Arez sonó grave, justo frente al pecho de Elena. El hombre seguía en cuclillas; sus dedos hábiles acababan de arreglar el nudo deshecho de las agujetas de Elena.
La llovizna los aislaba bajo la cubierta de la misma sombrilla negra. Su cercanía era tal que Elena podía sentir el aire cálido de la respiración de Arez atravesar la mascarilla negra que él llevaba siempre puesta.
Elena contuvo el aliento. Apretaba la correa de su bolso con tanta fuerza que