Karol
No había pasado ni una hora desde que Thiago me había encerrado de nuevo “por mi bien”, como si esa frase tuviera algún poder mágico para hacerme sentir menos prisionera, cuando el silencio de la habitación empezó a volverse insoportable. Caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados, mirándole la cara a cada objeto como si alguno me fuera a dar una respuesta coherente sobre mi vida, pero lo único que conseguía era enfadarme más conmigo misma por haber propuesto aquella idea absurda