Porque en sus labios no había oscuridad. No había correas de cuero, ni barrotes de hierro, ni habitaciones negras. Solo había él. William. El hombre que había llorado la muerte de su esposa durante cuatro años. El padre que cantaba canciones de cuna a su hija. El jefe que se había arrodillado frente a su niñera para pedirle que no tuviera miedo.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—Gracias —Susurró.
—¿Por qué?
—Por no irte. Por escucharme. Por darme una oportunidad.
—Aún no te