La imagen de mi madre sonrió.
No era una sonrisa cálida.
Tampoco era la expresión severa que utilizaba cuando Mirella incendiaba accidentalmente una cortina o cuando yo preguntaba por secretos familiares que, según ella, todavía no estaba preparada para conocer.
Era una sonrisa fría.
La clase de sonrisa que pertenecía a alguien que acababa de terminar un ritual peligroso y estaba satisfecha con el resultado.
En la imagen, Viola era apenas una niña.
Tendría ocho o nueve años. Su cabello rubio es