Pero él actuaba con naturalidad, no notaba su exasperación.
—Relájate —le dijo mientras desplegaba los brazos y se acercaba a la mesa para poder verla mejor.
—Relájate, Ema. Te prometo que... no va a pasar nada —le aseguró, y ella se limitó a mirarle de forma extraña antes de resoplar mientras negaba con la cabeza.
—Señor, lo siento, pero tengo que entrar en pánico. A diferencia de usted, yo no nací con una cuchara de plata, así que tengo que valerme por mí misma —le dijo antes de ponerse en pi