Alessandro me sacó del coche con brusquedad, su agarre firme hablaba de su falta de paciencia. Observé el lugar; no era la casa de Giorgio. La incertidumbre se mezcló con un instinto visceral de huir, así que me resistí cuando intentó arrastrarme hacia aquel sitio.
—¡Suéltame! —le grité, y sin pensarlo dos veces, mordí su mano con toda la fuerza que pude reunir. Mi mandíbula temblaba de rabia, pero Alessandro ni siquiera flaqueó. continuó arrastrándome hasta que finalmente me empujó dentro, cerr