El amanecer cayó sobre el valle con una claridad dura, casi cruel. El cielo limpio dejaba ver cada pico nevado, cada sombra helada aferrada a los árboles, como si la montaña supiera que esa mañana se decidiría algo definitivo. En la casa principal, las cuatro hijas de la luna aún dormían, agotadas por los entrenamientos intensos de los días anteriores. El aire olía a infusión de pino, miel y tierra fría.
Mientras tanto, en el patio donde los guerreros del norte solían reunirse, Draven y Alaric h