Capítulo 135. Sangre y coronas rotas.
Dominic Ivankov
El sótano olía a orina vieja y miedo fresco.
Nadia colgaba de las muñecas esposadas a la tubería del techo, sus pies descalzos, apenas rozando el concreto manchado. La bombilla desnuda parpadeaba sobre nosotros, proyectando sombras espasmódicas que bailaban al ritmo de sus jadeos.
—Pozhaluysta... —suplicó con voz rota, la saliva mezclada con sangre goteando de su labio partido.
Ajusté los guantes de látex con un chasquido. El sonido hizo que su cuerpo se estremeciera.