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LA AMENAZA DE LOS FAE Y LA CONSPIRACIÓN DE LYSANDRA

Aurelia estaba inquieta desde el momento en que los fae cruzaron las puertas del castillo de Alaric. Su naturaleza voluble y su poder descomunal la hacían desconfiar de ellos, especialmente de su reina, Lysandra. Aunque los fae no eran más de 20, cada uno de ellos poseía magia suficiente para diezmar ejércitos enteros. Su habilidad para manipular los elementos, las emociones y la realidad misma los convertía en enemigos potencialmente devastadores. Pero Aurelia sabía que no era su número lo que los hacía peligrosos, sino su ambición y su capacidad para engañar.

La forma en que los fae encontraban la muerte era tan peculiar como ellos mismos. Su vida estaba ligada a su magia, y cuando un fae moría, su cuerpo se desintegraba en una explosión de luz azulada y polvo estelar, dejando tras de sí un rastro de energía pura que podía corromper o fortalecer a quienes estuvieran cerca. Esta muerte era tan hermosa como trágica, un recordatorio de que los fae no eran seres comunes, sino criaturas de un mundo más allá de la comprensión. Sin embargo, su magia también los hacía vulnerables: si alguien lograba romper el vínculo entre ellos y la energía que los alimentaba, su poder se desvanecía, dejándolos indefensos.

Ya instalada en el castillo de Alaric, Lysandra comenzó a desplegar su verdadero plan. Aunque había aceptado la treta de que Amara era una simple humana, no tardó en percibir que había algo especial en ella. La reina fae, astuta y ambiciosa, decidió que Amara debía ser eliminada.

En sus aposentos, mientras la luz de la luna bañaba su piel blanca azulada, Lysandra habló con uno de sus guerreros de confianza, Kaelith, un fae experto en magia oscura y combate.

—Amara debe morir —susurró Lysandra, su voz melodiosa cargada de veneno—. Su existencia amenaza nuestro propósito. Pero no será suficiente acabar con ella. Debemos asegurarnos de que el lobo caiga bajo mi hechizo. Alaric será mío, y cuando lo deseche, el mundo arcano estará bajo mi reinado. Los fae gobernarán todo, como siempre debió ser.

Kaelith, leal y frío, asintió sin cuestionar. Sabía que la reina no toleraba la desobediencia, y su ambición era tan grande como su poder. Lysandra planeaba usar su magia para seducir y conquistar a Alaric, doblegando su voluntad hasta que él no pudiera resistirse. Luego, lo desecharía como un peón inútil, dejando el camino libre para que los fae reclamaran el control absoluto del reino arcano.

Alaric es un alfa astuto el poderoso Hyperion mismo, y aunque Lysandra había mostrado una fachada de cooperación, su comportamiento y su mirada calculadora despertaron sospechas en el lobo alfa. Alaric sabía que los fae no eran confiables, y que su llegada al castillo no era solo un acto de alianza.

Decidido a proteger a Amara y a su manada, convocó a su círculo de confianza en la sala de estrategias, un lugar apartado y protegido por magia antigua.

El grupo estaba compuesto por los aliados más cercanos y poderosos de Alaric:

Garreth, su beta, un estratega hábil y leal que siempre había estado a su lado.

Andrew, un guerrero que había crecido bajo la sombra de su apellido pero que ahora era digno de él, fuerte y valiente como pocos.

Rosemberg, (Rose) un mag@ expert@ en hechizos defensivos, cuya sabiduría era invaluable.

Evangeline, la hermana de Alaric, cuyo espíritu protector y experiencia en combate la hacían indispensable.

Damon, su cuñado y líder de la manada Regnum Luporum, conocido por su ferocidad y honor.

Kael, el vampiro aliado, cuya fuerza y conocimiento sobre los fae lo convertían en un recurso crucial.

Aurelia, siempre observadora y calculadora, cuya desconfianza hacia Lysandra era compartida por todos.

—Lysandra está moviendo piezas —dijo Alaric, con la voz grave que resonando en la sala—. No confío en ella. Su interés en Amara y su actitud hacia mí son demasiado evidentes. Algo trama, y debemos estar preparados.

—¿Qué has visto? —preguntó Damon, cruzando los brazos.

—No es lo que he visto, sino lo que siento —respondió Alaric—. Su magia es poderosa, pero su ambición es aún mayor. Aurelia, ¿qué opinas?

Aurelia,  no ocultó su preocupación.

—Lysandra no vino aquí para ayudar. Los fae nunca hacen nada sin un propósito. Ella quiere algo, y me temo que ese algo es el control del reino arcano. Debemos proteger a Amara y mantenernos unidos. Si Lysandra intenta algo, debemos estar listos para actuar.

—Entonces será necesario vigilarla de cerca —intervino Evangeline,—. No podemos permitir que su magia nos divida.

—Y si intenta algo contra Amara —añadió Andrew, con determinación—, será su último error.

Alaric asintió, agradecido por la lealtad de su grupo. Sabía que la batalla que se avecinaba no sería fácil, pero con ellos a su lado, tenía la esperanza de que podrían resistir la amenaza de los fae y la ambición de Lysandra.

Mientras Lysandra continuaba con sus planes, la tensión en el castillo crecía. Los fae, aunque pocos, eran poderosos, y su presencia era como una sombra constante sobre todos. Aurelia, siempre alerta, observaba cada movimiento de Lysandra, buscando cualquier signo de traición. Alaric, por su parte, se preparaba para lo peor, confiando en su círculo para mantener a salvo a Amara y a su manada. La conspiración de Lysandra era un peligro real, pero la unión de los aliados de Alaric podría ser suficiente para enfrentarla y proteger el reino arcano.

Los hombres lobo de otras manadas comenzaron a llegar también, algunos atraídos por la promesa de alianzas con Damon, otros simplemente buscando un lugar en la guerra que sabían que estaba por venir. Cada llegada era un riesgo, pero también una oportunidad

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