EL DOLOR DE AMARA

A las 14:00, Amara estaba terminando de colocar las últimas decoraciones en el salón principal del Country Club Arms, cuando un dolor agudo atravesó su pecho. Era como si algo invisible la hubiera golpeado, un sentimiento tan intenso que la obligó a detenerse y apoyarse contra una mesa.

—¿Estás bien? —preguntó Rose, preocupada al verla palidecer.

Amara negó con la cabeza, tratando de recuperar el aliento.

—Es… el dolor —murmuró, aunque sabía que no era tan simple.

Estos episodios no eran nuevos para ella. Desde que cumplió los 18 años comenzaron y desde entonces no paran  y siempre parecían coincidir con algo que no podía explicar. Era como si su cuerpo reaccionara a algo que estaba fuera de su control, algo que no entendía pero que la hacía sentir vacía y traicionada.

—Voy a salir un momento —dijo, intentando sonar tranquila, aunque su voz temblaba.

Sin esperar respuesta, salió del salón y caminó hacia el campo de golf. Sus pasos la llevaron instintivamente a un lugar que conocía bien: una pequeña casa del árbol, escondida entre los árboles, que ella y Rose habían descubierto tiempo atrás.

La casa del árbol era su refugio, un lugar donde podía escapar de todo y sentirse libre, aunque fuera por un momento. Subió lentamente, sus manos temblaban mientras se agarraba de las ramas. Cuando finalmente llegó arriba, se dejó caer sobre el suelo de madera y abrazó sus rodillas.

El dolor seguía ahí, pero ahora estaba acompañado por un profundo sentimiento de soledad.

—¿Por qué siento esto? —susurró, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.

Unos minutos después, Rose apareció en la casa del árbol. Sabía que Amara vendría aquí; era su lugar seguro, y siempre la encontraba aquí cuando algo estaba mal.

—¿Por qué me pasa esto? —preguntó Amara en un susurro, sin mirarla.

Rose se acercó y se sentó a su lado, dándole un abrazo reconfortante y lleno de amor.

—No lo sé bebé—mintió, con voz suave—. Pero lo que sí sé es que necesitas descansar.

Amara negó con la cabeza.

—No puedo descansar —respondió, con los ojos llenos de lágrimas—. Esto no me deja.

Rose suspiró y le dio un beso en la frente y sostuvo su barbilla – SEA LO QUE SEA LO SUPERAREMOS JUNTAS—  le repite mirándola fijamente

—Hoy es fin de año —le recordó, intentando distraerla—. Después de la reunión, nos iremos de fiesta con Andrew. Vamos a casa de tu amiga, ¿recuerdas?

Amara arrugo un poco la nariz, confundida por el cambio de tema.

—¿Emily? —preguntó, tratando de enfocarse en algo más.

Rose asintió.

—Sí, Emily. La que conoció a ese heredero rico mientras trabajaba aquí.

Amara intentó sonreír, aunque el dolor seguía ahí.

—Se casaron —continuó Rose—. Pero su manada lo rechazó porque ella es humana.

Amara frunció el ceño. —Eso es tan injusto —murmuró—. Ella lo ama, y él la ama. ¿Por qué no pueden aceptarlo?

Rose se encogió de hombros.

—Así son las cosas en el mundo de los lobos —dijo, con un tono que sugería que sabía más de lo que estaba diciendo—. Pero lo importante es que ellos están juntos, y eso es lo que cuenta.

Amara suspiró y apoyó la cabeza contra la pared de madera de la casa del árbol.

—No sé si quiero ir —admitió, con voz apenas audible.

Rose la miró con paciencia. —Solo descansa un poco —le dijo—. Después podrás decidir.

Amara asintió débilmente,

 Rose se levantó para irse. —Te esperaré en el salón  —dijo, antes de bajar por las ramas.

Amara se asoma por la pequeña ventana, mientras ve como se aleja la figura de Rose dirigiéndose al club

La mirada fija en nada con una inexplicable y profunda soledad Amara se queda viendo por la pequeña ventana

Podía ver el cielo que comenzaba a oscurecer. Pero algo en el paisaje la hizo detenerse. Una sombra oscura se movía entre los árboles, acercándose rápidamente.

Amara entrecerró los ojos, tratando de discernir qué era. A medida que la figura avanzaba, pudo distinguir un lobo negro y enorme, sus ojos brillando con intensidad en la penumbra. El animal se acercaba a la casa del árbol con una gracia inquietante, y un escalofrío recorrió su espalda.

—Dios mío… —exclamó, su voz temblando de miedo.

Sin poder controlar su pánico, dio un paso atrás y, en un instante de terror absoluto, se desmayó, cayendo al suelo con un suave golpe

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