Rodrigo Mondragón le propuso matrimonio a Daniela Fuentes un martes por la mañana, en la cocina del apartamento de ella, mientras hacía tostadas.
No había anillo. No había restaurante caro. No había la puesta en escena que Daniela, si le hubieran preguntado a los veinte años, habría descrito como el mínimo aceptable. Había tostadas quemándose ligeramente porque Rodrigo nunca había dominado el arte del tostador, y la cocina llena del olor del café, y Daniela de espaldas revisando su teléfono en