La llamada de Rodrigo llegó un martes por la mañana con el tono que Valentina había aprendido a distinguir entre todas las versiones de Rodrigo: no el despreocupado de siempre, no el serio de las conversaciones que requería su modo adulto. Era el tono de quien tiene algo que decir y está midiendo cómo decirlo, que en Rodrigo era inusual y por eso mismo era señal.
Valentina cerró el portátil antes de que terminara la primera frase.
—Es mi madre —dijo Rodrigo—. Fue al médico ayer. Hay algo en