La conversación con Amelia terminó en incertidumbre, como un pozo sin fondo. Ella se marchó con la mirada cargada de tristeza y advertencia, sin bendecir ni condenar a su rey, solo pidiéndole con la voz quebrada que ojalá sobreviviera a lo que se avecinaba. El príncipe Arvorel, antes de partir, se inclinó ante él con una solemnidad fría, y en pocas palabras dejó marcado el destino de ambos: lamentaba que las cosas hubiesen terminado así, pero la próxima vez que se vieran sería en el campo de ba