El día amaneció encapotado, y las campanas de Véldamar repicaron con un sonido apagado, presagio de que algo pesado se cernía sobre el reino. A media mañana, los guardias abrieron las puertas del salón del trono para dar paso a la comitiva imperial. Lord Varcon, embajador de Piedraferoz, caminaba con la altivez de un hombre que creía portar en su sombra el peso de todo un imperio. Su capa, bordada con hilos de plata y oro, arrastraba un murmullo sobre las losas, como si quisiera restregarle a c