Epílogo – Parte VII: El Ocaso del Rey Silencioso
Año 145 – El Invierno de las Sombras Largas
Aerval Dravenn tenía cincuenta y ocho años, pero su rostro parecía tallado en la misma piedra gris de Eldemar. No había engordado con la edad ni se había encorvado; al contrario, parecía haberse secado, como si el poder hubiera consumido todo lo que había de humano en él, dejando solo el hueso y la voluntad.
El rey no tenía reina. No tenía hijos. Solo tenía el cofre de madera oscura en su habitación y un reino que funcionaba con la precisión de un reloj macabro.
Bajo su mano, Dravena se había vuelto un bloque impenetrable. Los bandidos habían desaparecido de los caminos, no por bondad, sino porque las leyes de Aerval castigaban el robo con la pérdida de la mano y la reincidencia con la horca, sin juicios largos. Las Casas vasallas pagaban sus tributos el primer día del mes, aterrorizadas por la red de espías que el rey había perfeccionado, una lección aprendida de las cartas de su tía Seren.
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