El regreso a Véldamar fue pesado y silencioso. Kael cabalgó sin pronunciar palabra, con el rostro endurecido y la mirada fija en el horizonte. La ciudad lo recibió con vítores y saludos, ajenos todos a la tormenta que ya se cernía sobre ellos. Nadie sospechaba que con el regreso del rey también llegaba el fin de una era de sumisión.
En la sala del trono lo esperaba el consejo. Hildar Murne, firme como un muro de granito, lo siguió con los ojos con la misma desconfianza con que un lobo mide a o