Había pasado un mes desde la caída de Kaedric. Los muros de Sarnavel ya no mostraban cicatrices de fuego ni olor a sangre; el comercio había regresado, los talleres abrían sus puertas, y las campanas del puerto sonaban con un ritmo casi normal. Pero bajo aquella aparente calma se extendía una herida silenciosa, aún abierta en los corazones de muchos.
Fue en una mañana gris, con las aguas del Golfo de Karvelia agitadas por un viento frío, cuando los vigías anunciaron la llegada de una flota impo