El séptimo día del asedio amaneció gris, con el cielo cubierto de nubes bajas y pesadas. El humo de las hogueras se mezclaba con la neblina, creando un velo espeso que olía a hierro, sudor y ceniza. En el bastión improvisado de los aliados, los hombres murmuraban, cansados, esperando la orden de un desenlace que no llegaba.
Dentro del pabellón de mando, el ambiente era aún más denso. Varengar, el virrey de Karvelia, caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, los nudillos blancos sobre