El eco de los pasos de Kael resonó en la piedra fría del salón del trono. El estandarte de Tharavos aún ondeaba en el patio como una daga clavada en el corazón de Dravena, y cada latido suyo parecía recordarle que estaba a punto de perderlo todo.
La vio allí, de pie frente al dosel, rodeada por sus guardias vestidos de acero negro. No necesitaba corona para imponer respeto: la mirada de Lyeria era filo y promesa al mismo tiempo.
—Hermano… —su voz no fue altiva ni distante, sino extrañamente c