El invierno se había marchado dejando tras de sí un aire de deshielo que no sólo ablandaba los caminos, sino que también habría nuevos cauces en la política de Dravena y Karvelia. Dos meses habían pasado desde el altercado con el embajador imperial en Véldamar, y en ese tiempo el rey Kael había cumplido con lo prometido: viajó a Karvelia, selló su unión con la reina Aelyne y, con ello, afianzó un poder que hacía apenas un año parecía imposible para un bastardo sin corona.
La boda fue celebrada