Maraña de confusión.
Llevaba un buen rato revisando sus correos electrónicos cuando oyó unos golpecitos en la puerta de su oficina. No hizo falta que diera la orden para que la persona ingresara. La puerta se abrió y vio al vicepresidente, luciendo una sonrisa altiva en su rostro.
—Buenos días, Andrew —saludó el hombre, cerrando la puerta detrás de sí y llegando, en tres pasos, hasta sentarse en una de las sillas frente a su escritorio.
—No tanto como me gustaría —replicó, regresando su atención a la pantalla del