Alessandra.
Todo lo que tenía era un correo electrónico con un mensaje ambiguo y mientras miraba el archivo adjunto, esperando ser visto, pensó que podría resolverlo con bastante rapidez.
Inhaló hondo, hizo clic y dejó que se abriera en el reproductor incorporado. El programa apareció en la pantalla, mostrando lo que fue un minuto y medio de vídeo. Tampoco pasó mucho tiempo para que se diera cuenta de lo que estaba viendo y sintió que se le hundía el estómago.
Ahora sabía quién era “A”. Dios, habían pasado