Terminé de abotonarme el chaleco y Vivian de acomodar su camisa, intenté pasarme una mano por el cabello.
—Dejalo así, te ves muy bien—habló suavemente.
Sonreí de lado.
—Está bien, lo dejaré así.
Ya no se escuchaban los gritos por fuera.
—Sabes—comenzó a decir, alisándose el cabello y calzándose las zapatillas—, creo que debe haber un par de reglas entre los dos.
—¿Reglas? —escupí estupefacto.
—Claro, ahora trabajaré para ti—se aproximó hacia mí, llevó las manos a mi corbata—, lo de hoy no pued