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La pregunta seguía flotando en el aire como el humo de un cigarro que nadie había encendido.

Elena se alejó de la ventana con esa calma particular que Adrián había aprendido a reconocer y a temer en igual medida: no era la calma de alguien que no tiene nada que esconder, sino la de alguien que ha decidido exactamente cuánto va a mostrar. Se sentó en el borde del escritorio, cruzó los tobillos con una precisión que parecía ensayada, y lo miró.

—¿Tiene usted formación en interrogatorios, señor Va
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