70. EL LEGADO DE LA CONDESA ELOISA
RIVEN
El sueño de Margareth es profundo, casi denso, como si el mundo hubiese decidido guardarla bajo llave por unas horas. No pienso despertarla. No importa lo mucho que mi cuerpo recuerde su calor ni la forma en que pronunciaba mi nombre, quebrado, rendido. Sé reconocer el cansancio cuando lo veo, y su respiración lenta es una orden silenciosa.
No está acostumbrada a lo que ocurrió hace unas horas. A lo que yo le hice descubrir.
Tampoco sé cómo reaccionará cuando despierte. Si habrá vergüenza