32. DESAPARICIÓN
MARGARETH
El carruaje atravesó la reja de hierro forjado y se detuvo frente al portón principal de la mansión de mi abuela.
El sonido de las ruedas sobre la grava se desvaneció, y quedó solo el murmullo del viento entre los pinos.
La casa se alzaba majestuosa, como siempre: las paredes cubiertas de enredaderas, las ventanas altas y las cortinas cerradas como si la mansión aún no hubiera despertado.
Sin embargo, había algo extraño.
Algo en el aire... un silencio anormal, de esos que inquietan.
—