CAPITULO OCTAVO
Esa noche, Mario me llevó a cenar al más lujoso restaurante de Roma, luego fuimos paseando disfrutando de la hermosa noche que, hacia hasta llegar a la plaza del Vaticano, asombrándome de lo precioso que era todo.

— Mañana te enseñare más monumentos, ya es tarde y estarás cansada — me dijo

— Con una condición —le dije — me tienes que invitar a un helado en Giolitti, sé que es la heladería más famosa de Roma ¿Qué me dices? — le pregunte

— Sus deseos sonó auguri per la mía signora — me dijo
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