Conseguí emitir un sonido de protesta.
—No me digas que no dormiste. Tienes baba en el brazo.
Estaba demasiado agotada para preocuparme.
—Vamos. —Levantó mi brazo por encima de su hombro.
—Tu tobillo—, discutí, mientras ella intentaba soportar algo de mi peso.
—Está bien. Mi lobo corrió durante horas y no sentimos ningún dolor.
Las palabras olían verdaderas.
Estaba tan cansado que podría haberme imaginado eso.
—No hay forma de que pueda levantarte, así que tendrás que ayudarme aquí, Enzo. —Tiró