Arrugó la frente y se llevó una mano a mi moño, del que se me caían muchos mechones alrededor de la cara. —Me siento bien—.
Fruncí el ceño y me bajé de su regazo. Tropecé al caminar, y él me agarró por la cintura antes de que mi pie herido se estrellara contra el suelo de madera.
—Tranquila, princesa.—
—Gracias. —Retiré sus manos de mi cintura y él, a regañadientes, me soltó.
Mi maleta estaba en el suelo junto a una puerta abierta. Abrí la solapa para encontrar mi ropa y fruncí el ceño al darme